El abismo en un instante

Joseph Goebbels en el encuentro de la Liga de las Naciones. Ginebra, Suiza. Septiembre de 1933. ©Alfred Eisenstaedt.

Septiembre de 1933. La Liga de las Naciones, organización antecesora de la ONU, se reúne en Ginebra, Suiza para tratar el tema del desarme. Sesenta naciones envían a sus representantes para continuar las negociaciones que habían empezado el año anterior. El objetivo es prevenir una escalada bélica que termine en un escenario potencial de guerra. Joseph Goebbels expone las condiciones alemanas: exige que las reglas del desarme para el resto de los países sean similares a las que se le impusieron a Alemania en el tratado de Versalles. Francia, por su parte, se niega a vulnerar sus defensas sin garantías de paz duradera por parte de los alemanes. Las negociaciones están trabadas. En ese contexto, Goebbels se muestra intransigente, pero diplomático. Acepta entrevistas con la prensa y expone en forma pausada y didáctica la posición alemana: habla en lenguaje diplomático.

La agenda nazi era otra. Alemania no tenía intención de llegar a un acuerdo y “jugaba” a la diplomacia mientras ganaba tiempo para rearmarse. Goebbels escondía sus cartas y mientras tanto transmitia tranquilidad y aplomo a la comunidad internacional.
Alfred Eisenstaedt, un fotógrafo alemán de origen judío, es uno de los periodistas enviados para cubrir el evento. Interesado en buscar una foto que sea noticia y sintetice la posición alemana, se acerca a Goebbels para fotografiarlo. El nazi se ve sorprendido por su proximidad y, a pesar de su estrategia de mostrarse intransigente, no logra contener el odio en su mirada: un judío, en posición dominante (Goebbels está sentado mientras que Eisenstaedt está de pie) lo apunta con la cámara sin aviso previo, lo observa de igual a igual para dejarlo retratado. Es un acto inconcebible para un ario que considera a los judíos una raza inferior. Es en ese momento que Eisenstaedt toma la foto.
Es una imagen extraordinaria, aterradora. Uno de los breves momentos en donde la máscara diplomática del ministro de propaganda nazi deja lugar al verdadero Goebbels, el genocida, queda retratado a la vista del público y para la posteridad.
En su libro "Eisenstaedt on Eisenstaedt: A Self-Portrait" (Eisenstaedt sobre Eisenstaedt: un autorretrato), el fotógrafo, que entonces tenía ya 87 años, explicaba cómo tomó la foto:
“Lo encontré sentado solo frente a una mesa plegable en el césped del hotel. Le tomé una foto desde lejos sin que él se diera cuenta. Como reportaje documental, la foto podía tener algún valor: sugería su distanciamiento. Más tarde lo encontré en la misma mesa, rodeado de ayudantes y guardaespaldas. Goebbels parecía tan pequeño, mientras que sus guardaespaldas eran enormes. Me acerqué y le tomé una fotografía. Fue horrible.
Me miró con una expresión llena de odio. El resultado, sin embargo, fue una imagen mucho más fuerte. No hay nada mejor que el contacto personal y la implicación con un sujeto, por desagradable que sea. Me miró con ojos de odio y esperó a que me amedrentara. Pero no me amedrenté. Si tengo una cámara en la mano, no conozco el miedo.”
Para ese entonces el mundo entero estaba al tanto de lo que pasaba en Alemania: el boicot a los comercios judíos y su consecuente prohibición para ejercer cargos públicos o impartir clases en las universidades, la persecución y encarcelación de los opositores comunistas por el “supuesto” atentado al Reichstag y la quema de libros en Berlín eran sucesos ampliamente conocidos. Pero particularmente el discurso de Goebbels en el rally de Nuremberg, donde menciona abiertamente la cuestión del problema judío y lo convierte en una cuestión de estado, genera genuina preocupación en las comunidades judías de países como Reino Unido, EEUU, Francia, la misma Alemania o inclusive Argentina.
Los miembros de la liga de las Naciones sabían sobradamente quien era Goebbels, pero preferían creer en sus palabras correctas y sus discursos moderados. De hecho, en la foto grupal colocan a los tres enviados alemanes, es decir el ministro de relaciones exteriores, Konstantin von Neurath, al ministro de propaganda, Joseph Goebbels, y a Friedrich von Keller, diplomático que había renunciado a su puesto en la embajada de Buenos Aires para poder participar de la cumbre, en el centro de la foto protocolar:

Conferencia sobre el desarme, Ginebra, Suiza, 1933.

Dos años antes, en 1931, Japón había invadido Manchuria (parte de China hoy). La excusa había sido un falso atentado, conocido como el incidente de Mukden, donde los japoneses colocaron explosivos en líneas férreas propias para poder acusar a los chinos y argumentar razones válidas para una invasión. Japón, miembro activo de la Liga de las Naciones, había actuado en contra del mandato de no agresión impuesto por la Liga, pero sin embargo no tuvo repercusiones ni sanciones.
Hitler no era ajeno a la incapacidad de la Liga para imponer autoridad. Por eso su idea no era descartar un acuerdo por el desarme, sino más bien imponer condiciones incumplibles para estirar indefiniblemente la discusión. Pocos días después de la conferencia, Alemania dejaba de ser miembro de la Liga aduciendo una situación desequilibrada en los permisos de fabricación de armas. Los nazis sabían que podían estirar, sin romper.
Ese 15 de octubre de 1933, el día de la renuncia alemana a la Liga de las Naciones, era el momento exacto para tomar acciones concretas contra Alemania. En ese entonces no tenían todavía armas ni preparación para enfrentar a ingleses o franceses en un campo de batalla. Sin embargo, la reacción de los países-miembro fue nula.
La conferencia de Ginebra fue uno de los tantos actos inaugurales del nazismo tal cual lo conocemos. Su voluntad expansionista, sus deseos de venganza y su racismo explicito no encontraron límite alguno en la mesa de negociaciones. Y Eisenstaedt estuvo ahí para retratar la verdadera cara del monstruo.
Lo curioso, es que Eisenstaedt, testigo y fotógrafo de un momento fundacional del nazismo, fue también testigo y fotógrafo del final de la guerra. La foto de Goebbels se transformó, con el tiempo, en una imagen icónica que simboliza el odio nazi. Pero hubo otra foto de Eisenstaedt que paso a la historia. Quizás su foto mas famosa:

VJ-Day Kiss. 1945. ©Alfred Eisenstaedt

“El beso”, tomada el 14 de agosto de 1945, fue una escena espontánea que Eisenstaedt logro fotografiar luego de los festejos desatados por el anuncio del presidente Truman informando acerca de la victoria definitiva sobre Japón. La foto se transformó en un icono instantáneamente, ya que simbolizaba la alegría de un país por el final de un largo periodo de muerte, incertidumbre y dolor. Según sus propias palabras:
“En Times Square, el día de la victoria sobre Japón, vi a un marinero que corría por la calle agarrando a todas las chicas que veía. No importaba si era abuela, robusta, delgada o vieja. Yo corría delante de él con mi Leica mirando hacia atrás por encima del hombro. Pero ninguna de las fotos posibles me gustaba. Entonces, de repente, en un destello, vi que agarraba algo blanco. Me di la vuelta e hice clic en el momento en que el marinero besaba a la enfermera. Si ella hubiera llevado un vestido oscuro nunca habría hecho la foto. Si el marinero hubiera llevado un uniforme blanco, lo mismo. Hice exactamente cuatro fotos. Todo sucedió en pocos segundos”
Eisenstaedt había emigrado a EEUU en el año 1935. Allí comenzó a trabajar como fotógrafo para la revista Life, donde rápidamente gano fama y prestigio. Fue el responsable de más de 90 tapas y miles de sus fotos fueron publicadas en diversos números de la revista.
Cuando en números anteriores de este newsletter hablábamos sobre las huellas del paso del tiempo, nos enfocábamos en las diferencias que se evidenciaban entre dos imágenes similares tomadas en momentos diferentes. En este caso estamos hablando de dos imágenes que no pueden ser más disimiles. Mientras que una foto retrata la exteriorización del odio que lentamente iba mutando de idea a horror para millones de personas, en otra vemos una expresión de alegría desenfrenada que representa el fin de los años de incertidumbre y sufrimiento a consecuencia de la guerra.
Sin embargo, también hay coincidencias: ambas imágenes retratan la exteriorización de un sentimiento; ambas son producto de un desborde emocional que toma control sobre los individuos retratados. Y aunque no hay nada en una imagen que evidencie la existencia de la otra, las dos están profundamente conectadas: el beso sucedió porque la mirada de Goebbels existió. Si la historia hubiera tomado otro rumbo, si se hubiera frenado a tiempo la corporeización del odio, probablemente no hubiera habido guerra, y probablemente millones de judíos no hubieran sido asesinados ni se hubieran exiliado. En ese caso, Eisenstaedt no hubiera estado presente tampoco en Times Square, ni hubiera sido el fotógrafo estrella de la revista Life. Ni tampoco hubiera existido el beso.

Alfred Eisenstaedt y Marilyn Monroe, en casa de Marilyn. Beverly Hills, EEUU. 1953. ©Alfred Eisenstaedt.

Hasta la próxima.